Ser vigilado, revisado e interrogado durante un viaje es algo común desde los atentados del 11S y mucho más cuando el destino es Estados Unidos. Esta semana el Washington Post publicó un artículo que se basa en documentos obtenidos por un grupo que aboga por las libertades civiles que sostienen que el gobierno a través de la Administración de Seguridad en el Transporte, TSA, guarda archivos con información “de acompañantes, lugares de estadía y hasta los libros que lleva mientras viaja” por vía aérea, cuando abordan un crucero o alquilan un auto. Y, aunque se refieren solo a ‘americanos’, estamos seguros que todo turista extranjero que pisa suelo norteamericano tiene su registro en las computadoras de la TSA los cuales pueden ser guardados hasta por 15 años, según ellos, para determinar alguna amenaza a la seguridad de esa nación.
Este registro establece hasta posibles acompañantes en un viaje según relata Edward Hasbrouck: “Si te paras al lado de una persona una vez, es una coincidencia. Si lo haces dos veces es una relación”
Con todo este historial si se te ocurre viajar alguna vez a Irán o algún país no tan amigo de Estados Unidos como, que se yo, Venezuela ni me imagino que pasará. Me quedan muchas preguntas: ¿Quién establece que un turista es peligroso, el sistema o un oficial? ¿Qué podría pasar si esos logs son usados por otras agencias del gobierno norteamericano o mucho peor, en manos ajenas?.
Si viajamos sin la mínima intención de cometer algún acto que atente contra las leyes del país que visitamos no deberíamos preocuparnos por ser vigilados o revisados, pero que se nos juzgue por leer un libro o pararnos al lado de alguien ya es algo realmente alarmante.

