El hecho que a mi no me gusten esos hostales con mil camas en una habitación donde se comparte el sueño y el baño con desconocidos no significa que a otros no les llame la atención. De hecho, confieso que cuando veo las tarifas de este tipo de alojamientos en el exterior me da mucha curiosidad y mi instinto tacaño aflora. He pensado ir a New York y ya sé características sobre su afamada industria hotelera, cuchitriles de 9 metros cuadrados por 200 dólares por noche no es algo que le atrae mucho a mi bolsillo.
Pero la privacidad se paga y a los venezolanos nos mal acostumbraron a disfrutarla. Ir a New York y quedarse en el Plaza era algo común para un paisano a principios de los ochenta. De hecho fue la época cuando nos ‘mojoneamos’ y empezamos a importar whisky, ir los fines de semana a Curaçao a comprar quesos y perfumes y hacer las compras navideñas en Miami porque allá era barato. ¡Que tiempos aquellos!
Las cosas cambiaron, vino la crisis macabra y los venezolanos dejamos de ser tan presumidos. Los viajes al exterior se redujeron y solo unos cuantos podían quedarse en el Biltmore. ¿Pero quedarse en un hostal? Jamás. (o por lo menos no lo decían)
Hoy también hay crisis y viajar al exterior no es el común divertimento. Además, cuando lo podemos hacer tenemos que estar anotando cuantos dólares nos hemos gastado para no sobregirar la tarjeta o el nefasto cupo CADIVI. Dios nos libre de tener que enfrentarnos a los burócratas rojos rojitos. Por esta razón tenemos que buscar hoteles baratos, pasamos por el Ritz de Madrid y suspiramos y nos hospedamos melancólicos en uno mono-estrellado.
El asunto de la privacidad es tan arraigado en nuestro subconsciente que en Venezuela solo dos o tres destinos disponen de hostales y obligamos a los mochileros extranjeros a quedarse en el Intercontinental. En Caracas no hay (ni me quiero imaginar lo que pasaría si abren uno); en Isla de Margarita hay unos cuantos pero solo con habitaciones privadas. Solo Los Roques y Mérida disponen de unos cuantos del tipo con habitaciones comunes.
Eso sí, hay una cultura de posadas creciente y de calidad, casas de familia que ponen su empeño en ofrecer comodidad, buena comida y el intercambio cultural que les podría dar un hostal.
¿Será que algún día llegamos a tener algunos más? Sería un gran negocio.

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