Aunque nadie duda lo interesante que puede ser discutir durante cinco horas un tema como “el movimiento juvenil y estudiantil de Eritrea contra el imperialismo y el neocolonialismo”, hay quienes en la periferia del 16° Festival Mundial de la Juventud encontraron mayores elementos para estimular sus neuronas.
“Nosotros aprovechamos este tiempo para realizar una gira por Caracas, Mérida, Maracaibo y Ciudad Bolívar, donde conversamos con facilitadores de las misiones sociales, miembros del Frente Francisco de Miranda y locutores de radios comunitarias”, contaba Federico Fuentes, un rubio de 24 años que encabeza la delegación de Australia presente en el evento.
Buscando inspiración para redactar unas notas que saldrán publicadas en un modesto diario editado en su país, Fuentes ha recorrido el territorio nacional, intercambiando opiniones con movimientos estudiantiles como Utopía e, incluso, visitó los bloques del 23 de Enero.
De todas partes
Al igual que este muchacho australiano, muchos de los asistentes al cónclave juvenil acompañan la teoría que absorben en seminarios y talleres, con una observación práctica de la realidad vernácula. “Nosotros vinimos atraídos por los acontecimientos que se registran con la revolución bolivariana, y pensamos visitar Canaima para admirar el Salto Angel y lo que ha hecho Hugo Chávez por las comunidades indígenas”, relataba Ana Alesina, una bielorrusa de 22 años que cursa Derecho Internacional.
Cerca de ella, un par de españoles lamentaban no tener tiempo para trasladarse al sur de la geografía criolla; sin embargo, estaban satisfechos porque “recorrimos instalaciones petroleras y fuimos a un núcleo endógeno en Miranda, donde siembran cacao y organizan cooperativas”.
Igualmente entusiasmado por el “fervor revolucionario” que percibía a su paso por Venezuela, Cristóbal Bascuñán, 22 años, admitía que el periplo a Caracas le servía para abandonar su gélida patria canadiense y mezclarse con el calor de culturas distintas. “Una parte de nuestra delegación pudo ir a Monagas, donde vimos la construcción del módulo de la Universidad Bolivariana, así como la edificación de escuelas”, recordaba este rollizo estudiante de Ciencias Políticas y Sociología, que seguía con atención una ponencia sobre el hambre en la Sala Plenaria de Parque Central.
En general, los invitados expresan su alegría “pues hemos visto que el pueblo apoya al Presidente y se discute el socialismo a nivel de las masas”; mientras manifiestan su alivio “porque la inseguridad no es como la pintan”. Mas, han comprobado que los robos no son solamente a mano armada: “quise comprar un cuatro, pero me querían cobrar 60 dólares y me pareció exagerado”, narraba entre risas un mozalbete peruano, ya curtido en esto de la viveza latinoamericana.
Meta la mano
Diariamente, a medida que se acerca el mediodía, aumenta el flujo de personas que concurren al Teatro Teresa Carreño. Unos, motivados por el fuego eterno de la revolución, que envuelve a sus corazones; otros, porque sienten el ardor de su estómago vacío. En la hora del almuerzo, comentan los soldados que resguardan las instalaciones, muchos se “colean” para hacerse con algunas de las viandas que se reparten por miles en los centros donde se desarrolla el festival planetario.
“Aquí en el Teresa Carreño se ve de todo”, confiesa un uniformado encargado de la seguridad del gigantesco comedor, y un fugaz vistazo a los pasillos que circundan el recinto parece darle la razón: muchachas del Ministerio de Salud y Desarrollo Social entregan preservativos por aquí; una buhonera mexicana vende almanaques del Ché Guevara en siete mil bolívares por allá; arriba unos suecos compran una foto de Chávez en tres mil bolívares; y abajo irrumpe en escena, con una carpeta bajo el brazo, la socióloga chilena Marta Harnecker. Lo dicho, “aquí se ve de todo”.


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